Ángeles caminaba con paso apresurado por el pasillo del área administrativa.
Llevaba el rostro maquillado con esmero, intentando disimular el cansancio y la rabia. Desde que Damián le había dejado claro que el compromiso estaba roto, su orgullo era lo único que aún la sostenía.
Además de las exigencias de doña Elvira.
Cuando abrió la puerta de su oficina.
Un hombre estaba sentado en su silla, con las piernas cruzadas y una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
—¿Quién eres tú?
—Tu salvador.
—¿De que hablas?
—Soy Francisco, el minero que te rescató y te salvó de que murieras desangrada en la tina.
Ángeles entonces recordó. El tipo que intervino en sus planes, se suponía que debía ser Damián que la encontrara y no un minero.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
—Esperándote. —Él se levantó lentamente—. Tenemos un asunto pendiente.
Ángeles cruzó los brazos.
—No tengo nada que hablar contigo.
—Oh, claro que sí —replicó él con calma, acercándose—. O, mejor dicho, tú ti