Ángeles caminaba con paso apresurado por el pasillo del área administrativa.
Llevaba el rostro maquillado con esmero, intentando disimular el cansancio y la rabia. Desde que Damián le había dejado claro que el compromiso estaba roto, su orgullo era lo único que aún la sostenía.
Además de las exigencias de doña Elvira.
Cuando abrió la puerta de su oficina.
Un hombre estaba sentado en su silla, con las piernas cruzadas y una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
—¿Quién eres tú?
—Tu salvador.
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