Gabriela estaba sentada en la camilla de la pequeña oficina médica de la mina. Tenía el rostro manchado de polvo y algunos raspones en los brazos. Lucia, con una gasa en la mano, limpiaba con cuidado las heridas.
—Me asustaste mucho —confesó Lucia, rompiendo el silencio—. Pensé que… que algo grave podía pasarte.
Gabriela la miró sorprendida.
—Lucia, estoy bien. Fue un accidente, nada más.
Lucia negó con la cabeza y apretó los labios.
—No, no entiendes. Si algo te hubiera pasado, nadie podría