—Aquí tiene —dijo Adrián en voz baja, mientras deslizaba un sobre por debajo de la mesa con la discreción de quien ya ha hecho ese movimiento demasiadas veces.
El minero, con las manos endurecidas por el trabajo y la mirada nerviosa, lo tomó con rapidez. Miró hacia ambos lados, asegurándose de que nadie lo observara, y escondió el sobre dentro de su chaqueta. Adrián se reclinó en la silla, una sonrisa satisfecha curvándole los labios.
—Buen trabajo con las explosiones —murmuró, manteniendo el tono bajo—. Se llevaron un buen susto, ¿eh?
El minero soltó una carcajada breve, áspera.
—Pues sí, señor. Los De la Vega no se lo esperaban. Aunque… —bajó la voz aún más—, si me permite, varios de mis compañeros ya andan inconformes. Si usted ofrece un mejor sueldo, muchos estarían dispuestos a trabajar con usted.
Adrián levantó una ceja, interesado. El comentario lo complació más de lo que dejó ver.
—Eso me gusta… —dijo con voz pausada—. Lo tendré en cuenta.
Le tendió la mano, y el minero, tras