Gabriela estaba inclinada frente a una señora de rostro cansado, sus manos ásperas temblaban mientras sostenía un pañuelo. Ella le aseguraba con voz suave:
—No se preocupe, dígale a su esposo que se concentre en recuperarse. Su trabajo en la mina no lo va a perder.
Los ojos de la mujer brillaron con alivio y gratitud. La tomó de las manos, apretándolas con fuerza.
—Usted es una gran mujer, señora Gabriela. No sabe cuánto significa para nosotros que alguien así nos respalde.
Gabriela sonrió con un dejo de timidez y dejó que la mujer se marchara. Cuando la puerta se cerró tras ella, sintió una presencia. Al girar, lo vio. Damián estaba justo en la entrada, apoyado en el marco, con los brazos cruzados y esa sonrisa que ya se había convertido en su estampa diaria.
La observaba con admiración, como si cada gesto de ella confirmara algo que llevaba tiempo guardado en su interior. Gabriela lo miró y su corazón dio un salto. Esa sonrisa… esa sonrisa la hacía suspirar, la desarmaba de manera