Gabriela estaba inclinada frente a una señora de rostro cansado, sus manos ásperas temblaban mientras sostenía un pañuelo. Ella le aseguraba con voz suave:
—No se preocupe, dígale a su esposo que se concentre en recuperarse. Su trabajo en la mina no lo va a perder.
Los ojos de la mujer brillaron con alivio y gratitud. La tomó de las manos, apretándolas con fuerza.
—Usted es una gran mujer, señora Gabriela. No sabe cuánto significa para nosotros que alguien así nos respalde.
Gabriela sonrió co