Paz sintió que el aire se le atoraba en la garganta al leer los documentos.
Su pulso se aceleró, y el papel temblaba entre sus dedos.
—¡No te atrevas, Terrance! —Su voz vibró con furia, pero también con un miedo latente que la hacía sentirse pequeña.
Terrance sonrió con aire de triunfo. Se acercó con paso lento y seguro, como si ya hubiera ganado la guerra.
—Ayer dijiste que aún me amabas, Paz… Ayer me besaste.
Los ojos de Paz se abrieron con incredulidad, como si él acabara de escupir la mayor