Los días avanzaron con una rapidez abrumadora, y al fin había llegado el gran día.
Gabriel, de pie frente al espejo, acomodó su moño con manos firmes, pero con el corazón latiendo desbocado.
Su madre, Paz, se acercó con una sonrisa llena de amor y orgullo. Con ternura, ajustó el botonier en su solapa, asegurándose de que todo estuviera perfecto.
—Quiero que sepas que estoy orgullosa de ti —susurró, con los ojos brillantes de emoción—. Reconquistaste el amor de la mujer que te ama, y lo más impor