Mía entró en la habitación con el corazón latiendo con fuerza. Su respiración era entrecortada, y sus manos temblaban cuando cruzó el umbral. No sabía qué encontraría al otro lado de la puerta, el miedo aún anidaba en su pecho.
Pero entonces lo vio.
Su hijo descansaba en la cuna, respirando con suavidad, su pequeño pecho subiendo y bajando con tranquilidad. Su piel, antes marcada por el sufrimiento, volvía a estar lozana y suave. Las ampollas que la habían atormentado se habían desvanecido, deja