Aldo y Mila bailaban al ritmo de la suave melodía que inundaba el salón.
—Señor presidente, se ve muy guapo esta noche —dijo Mila con una sonrisa traviesa, apoyando las manos en su pecho—. Tenga cuidado con esas asistentes y mujeres que querrán robarlo de mí, ¿eh?
Aldo soltó una carcajada baja y la atrajo más hacia él, pegándola completamente a su cuerpo.
—Eso nunca pasará, ¿acaso no lo sabes, Mila? —susurró, acariciando con su pulgar la curva de su espalda—. Yo solo pertenezco a ti, solo puedo