La Navidad de ese año fue especial.
Lucia regresó de Harvard para las vacaciones, y la casa recuperó su música habitual: risas, conversaciones superpuestas, el tintineo de los cubiertos en la cena familiar.
Mateo había decorado el árbol él mismo, con una precisión casi obsesiva que hizo reír a su hermana.
—Eres un perfeccionista —dijo Lucia, colgando una estrella torcida a propósito solo para molestarlo.
—Y tú una anarquista —replicó Mateo, enderezándola con resignación.
La Nochebuena, despué