El aeropuerto estaba lleno de esos silencios elocuentes que preceden a las despedidas importantes.
Mateo, con su mochila al hombro y su estuche de herramientas facturado, miraba a su familia reunida: sus padres, su hermana, Rosa, Marco.
—Nos escribiremos todas las semanas —dijo Mateo, más para convencerse a sí mismo que a ellos.
—Todas —confirmó Emily, abrazándolo con una fuerza que delataba su dolor—. Y llamadas por video los domingos. No se negocia.
—No se negocia —sonrió Mateo.
Lucia fue la