Gael
—Colóquense eso —dijo Tiziano, dándonos algo de ropa mientras nos limpiábamos en un baño como podíamos.
Había mejorado bastante gracias a los cuidados de Agata, pero un dolor muy fuerte en el centro de mi pecho persistía.
—Iker, ¿qué sucede? —pregunté, pero mi lobo seguía escondido. De repente, apareció un guerrero corriendo hacia nosotros.
—Alfa, eso no está bien, ella… —era Arístides.
Tenía una expresión como si hubiese ocurrido una tragedia.
—¡Cállate, guerrero! Ya has causado suficien