Nora—Compórtate y no me humilles —susurró Tiziano, clavando sus uñas en mi brazo.Pero yo no podía concentrarme, no con ese hombre frente a mí. No con esos ojos claros mirándome como si el mundo se detuviera. Su piel era clara, suavemente enrojecida, como si el sol la besara. Como si nadie pudiera resistirse a él.Pascal ni lo miró; a nadie parecía importarle que él también se hubiese quedado en shock al verme.Porque era mi mate. Y él me había reconocido también. Por un breve momento, allí, en una boda desgraciada, arrodillada en el suelo, tuve un pequeño destello de felicidad.Mi mate existía. Tenía sangre de alfa, sus cicatrices hablaban de lucha, y esos ojos hablaban de bondad, aun en este infierno.“Gael, Gael, Gael”, murmuré sin hablar, solo para sentir cómo se pronunciaba su nombre en mis labios.Era como una piedra preciosa en un descampado, como una flor en un desfiladero. Mis ojos no se cansaban de mirarlo; quería embriagarme con su belleza.—Hoy esta mujer se entregará a
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