Nora
—¡Aristides! —grité.
—¡Vengan a mí, malditos, dejen a la dama! —gritó, y yo aproveché para lanzarme contra Félix antes de que pudiera volver a disparar, golpeando su muñeca con la suficiente fuerza para desviar el arma, que cayó al suelo rodando casi hasta el precipicio.
El resto de los guerreros se lanzaba contra Aristides.
—¡Una simple mujer como tú no merece tener ese poder! —gruñó Félix, intentando tomar mis manos con una violencia torpe, confiando en su tamaño y en su desprecio.
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