Capítulo 194: El Centinela de Oro y Hueso
La luz dorada que emanó del guerrero no era el brillo cálido del sol que Astraea recordaba, sino un resplandor abrasador que parecía buscar las impurezas en su sangre. Al chocar contra su carne, las astillas de cristal incrustadas empezaron a vibrar hasta volverse líquidas, fundiéndose con su piel en un proceso de una dilatación sensorial agónica. El aroma a cedro, que un segundo antes olía a incendio, se transformó en una fragancia de incienso sagrado