Capítulo 134: La Runa del Último Suspiro
Las manos de Valerius, antes fuentes de un calor que prometía seguridad, ahora eran grilletes de hielo y sombra que se cerraban en torno a la garganta de Astraea. La Reina sentía el pulso de los hilos negros de su nuca vibrando a través de los dedos de su esposo, una corriente eléctrica que buscaba apagar el sol de su médula. La dilatación sensorial se volvió agónica: podía sentir la aspereza de las palmas de Valerius, el olor a plata quemada que emanaba