Capítulo 110: La Venda de Hierro
El aire se volvió estático, cargado de una tensión eléctrica que hacía que los vellos de los brazos de Astraea se erizaran. A sus pies, las cenizas de lo que fue el Rey Vampiro se dispersaban, mezclándose con el polvo de amatista de la antecámara. Pero Astraea no podía celebrar la caída de su abuelo; la advertencia de la voz de Vaelen aún resonaba en sus oídos, vibrando desde la hoja negra de la espada clavada en el suelo.
Un calor gélido —una paradoja sensorial