Capítulo 109: El Festín de lo Onírico
El aire en la antecámara se espesó con un hedor a ozono y a tierra removida. Astraea, aún con los dedos entrelazados en la fría estructura de la corona de huesos de lobo, sintió que su pulso flaqueaba ante la presencia de la criatura que emergía de la oscuridad. Era una aberración de la naturaleza, un espejo distorsionado de todo lo que ella representaba: escamas que brillaban con la iridiscencia de un charco de aceite, tres ojos amatistas que parpadeaban e