El alba del día treinta y ocho no fue el despertar de una víctima, sino el de una depredadora que aún estaba aprendiendo a usar sus nuevas garras. Astraea se levantó antes de que los primeros rayos del sol tocaran las almenas de la Ciudadela de Hierro. Su cuerpo se sentía ligero, casi etéreo, y la pesadez que solía arrastrar en las piernas durante sus años en la Luna Plateada había desaparecido por completo. Se vistió sola, rechazando la ayuda de las doncellas, y se colocó el traje de cuero neg