Capitulo 53

El alba del día treinta y ocho no fue el despertar de una víctima, sino el de una depredadora que aún estaba aprendiendo a usar sus nuevas garras. Astraea se levantó antes de que los primeros rayos del sol tocaran las almenas de la Ciudadela de Hierro. Su cuerpo se sentía ligero, casi etéreo, y la pesadez que solía arrastrar en las piernas durante sus años en la Luna Plateada había desaparecido por completo. Se vistió sola, rechazando la ayuda de las doncellas, y se colocó el traje de cuero negro y verde bosque diseñado para la movilidad.

Se miró al espejo y se recogió el cabello plateado en una trenza apretada. Sus ojos amatista parecían vibrar con una luz interna. Aunque era híbrida y podía soportar la luz, la claridad del sol naciente le producía una ligera irritación, una hipersensibilidad que la obligaba a entrecerrar los ojos. Pero no era debilidad; era una sobrecarga de información. Podía ver las partículas de polvo, el rastro de calor que dejaba la vela que acababa de apagar y
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