ENTRE GARRAS Y CARICIAS

ENTRE GARRAS Y CARICIASES

Hombre lobo
Última actualización: 2026-01-08
Emerson Writer  Recién actualizado
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Resumen
Índice

ENTRE GARRAS Y CARICIAS es una colección de historias cortas de romance licántropo +18 A veces una no quiere casarse con el príncipe azul, sino ser reclamada por la bestia. En estas historias encontrarás licántropos que gruñen, muerden y aman con una intensidad salvaje. Una vez que entres a su territorio, ellos te reclamarán como suya.

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Capítulo 1

La bibliotecaria y la bestia #1

SINOPSIS

Para la manada, soy invisible. Solo la bibliotecaria tímida de gafas grandes. Hasta que Ambrose, el letal y salvaje Beta, irrumpe en mi biblioteca desangrándose y destroza mi paz.

Cometí el error de salvarlo, y ahora la bestia ha decidido que le pertenezco. Ambrose no entiende de romance suave, me corteja de la manera más primitiva posible.

Es peligroso, posesivo y está obsesionado con mi silencio, pero ha dejado algo muy claro: ya no me permitirá esconderme nunca más.

Dicen que la curiosidad mató al gato, pero en mi caso, la compasión despertó a la bestia.

(***)

Emery

La biblioteca de la manada siempre olía igual. A madera encerada, a libros antiguos y, según decían, a mí. A vainilla.

Para el resto de los lobos, este lugar era solo un depósito de documentos viejos y tratados aburridos que nadie leía. Para mí, era el único sitio donde mi existencia pasaba desapercibida, donde podía ser invisible.

Me ajusté las gafas grandes sobre el puente de la nariz, sintiendo cómo se resbalaban por tercera vez en el último minuto, y me envolví más fuerte en mi suéter de lana gris. Me quedaba dos tallas más grande, cayendo sobre mis hombros y ocultando cualquier rastro de mi figura, tal como me gustaba.

Afuera, la tormenta rugía con una violencia que hacía vibrar los cristales de las ventanas altas. Los truenos resonaban en mi pecho, pero aquí dentro, el silencio era mi escudo.

O eso creía.

El estruendo de la puerta principal al ser golpeada contra la pared de piedra no solo rompió el silencio, lo destruyó.

Salté en mi silla, dejando caer el libro de botánica que estaba catalogando. Mi corazón, traicionero y humano en su fragilidad, comenzó a golpear contra mis costillas. Nadie venía a la biblioteca a estas horas. Nadie venía con esa furia.

—¡Mierda! —la voz fue un gruñido grave, rasposo, cargado de dolor.

Me asomé con cautela entre la estantería de Historia de la Manada. Mis ojos se abrieron desmesuradamente tras los cristales de mis lentes.

Ambrose.

El Beta de la manada. El ejecutor. La mano derecha del Alpha y, sin lugar a dudas, la criatura más aterradora que caminaba sobre dos piernas.

Estaba allí, de pie en el vestíbulo, empapado de lluvia. Su cabello, un rubio oscuro y salvaje que le caía sobre la frente, goteaba agua sobre la alfombra inmaculada. Pero no fué el agua lo que hizo que se me helara la sangre.

Fué el líquido rojo.

Un carmesí brillante, ferroso y alarmante que manchaba todo el costado izquierdo de su camisa blanca, ahora pegada a su torso como una segunda piel traslúcida. Se sujetaba las costillas con una mano enorme, y la sangre brotaba entre sus dedos, goteando al suelo con un ritmo hipnótico que me puso los pelos de punta.

Debería haberme escondido. Mi instinto de supervivencia, ese que me había mantenido a salvo y sola durante veintidós años, me gritaba que me ocultara bajo el escritorio. Ambrose era conocido por su temperamento volátil, por sus peleas en los bares del pueblo y por esa aura de peligro que lo rodeaba como una nube oscura de tormenta.

Pero entonces, sus rodillas cedieron.

La montaña de músculos se desplomó, chocando contra una mesa de lectura antes de caer pesadamente al suelo. Un gemido sordo escapó de sus labios.

El miedo se evaporó, reemplazado por algo más antiguo, algo intrínseco a mi naturaleza de sanadora frustrada.

Corrí.

Mis zapatillas no hicieron ruido sobre la alfombra mientras acortaba la distancia. Me arrodillé a su lado, ignorando cómo el olor metálico de la sangre invadía mis fosas nasales, mezclándose con el aroma de la lluvia y algo más... algo profundo.

Musgo húmedo. Pino. Bosque nocturno.

Era el olor de Ambrose. Un aroma oscuro, peligroso e hipnótico que me golpeó con la fuerza de una marea, provocando que mis pulsaciones se aceleraran.

—Ambrose —susurré, mis manos temblando en el aire, sin saber dónde posarlas sin causarle más daño.

Él abrió los ojos. Eran de un café tan oscuro que parecían negros, dilatados por el dolor y la adrenalina del lobo. Me enfocó con dificultad, sus pupilas contrayéndose al verme.

—Vete —gruñó. El sonido vibró en su pecho, resonando en el suelo bajo mis rodillas—. No... no deberías estar aquí.

—Tú eres el que está desangrándose en mi biblioteca —repliqué, mi voz saliendo más firme de lo que me sentía. Me obligué a mirar la herida, no su rostro. La tela de la camisa estaba empapada—. Tengo que ver qué tan profundo es.

Acerqué mis manos a su costado.

—¡Dije que te vayas! —bramó, lanzando un zarpazo ciego con su mano libre.

Me aparté justo a tiempo, pero el movimiento brusco le costó caro. Soltó un aullido ahogado y su cabeza cayó hacia atrás contra la pata de la mesa, su respiración volviéndose errática.

—Si sigues moviéndote, vas a perder más sangre y te desmayarás —dije, mi timidez habitual escondida tras la urgencia—. Y no tengo la fuerza suficiente para arrastrarte hasta la salida, Ambrose. Así que vas a tener que dejarme ayudarte.

Me ajusté las gafas nerviosamente

Él giró la cabeza hacia mí. Estaba pálido, con gotas de sudor mezclándose con la lluvia en su sien. Me miró como si nunca me hubiera visto antes, o como si fuera una alucinación molesta.

—No tienes… ni idea de lo que haces —dijo, respirando con dificultad.

—Sé lo suficiente. Quédate quieto.

No esperé su permiso esta vez. Me levanté un segundo para correr hacia el mostrador de recepción, donde guardaba un kit de primeros auxilios básico y unas tijerasl. Cuando regresé, él seguía en la misma posición, respirando con dificultad.

Me arrodillé de nuevo, esta vez entre sus piernas abiertas, una posición que en cualquier otro contexto me habría hecho arder de vergüenza, pero ahora solo me preocupaba el ángulo para acceder a la herida.

—Voy a cortar la camisa —anuncié, levantando las tijeras.

Él no protestó, solo me observó. Sentí el peso de su mirada recorriendo mi rostro, mis gafas, mi boca apretada por la concentración.

Metí la punta fría de las tijeras bajo la tela empapada, rozando su piel caliente. Ambrose se tensó, sus músculos abdominales contrayéndose tan fuerte que parecían piedra bajo mi toque.

—Lo siento, está fría —murmuré.

—No es el frío —jadeó él, cerrando los ojos con fuerza.

Corté la tela hacia arriba, rasgando el algodón empapado. Cuando aparté los jirones de la camisa, tuve que reprimir un grito ahogado.

No era una herida de cuchillo. Eran garras. Tres surcos profundos recorrían su costado, desde la última costilla hasta la cadera. La carne estaba abierta, y la sangre manaba con un ritmo constante pero, gracias a la Luna, no parecía haber tocado ninguna arteria principal.

—Cambiantes renegados —masculló él, leyendo el horror en mi rostro sin necesidad de abrir los ojos—. Cruzaron la frontera norte.

—Cállate, por favor. Necesitas guardar energía.

Saque gasas estériles del botiquín. Mis manos se veían ridículamente pequeñas y pálidas contra su piel bronceada y maltratada. Él era enorme. Incluso herido, irradiaba un calor que traspasaba mi suéter, una energía bruta que hacía que el vello de mis brazos se erizara.

Presioné la gasa sobre la herida.

Ambrose siseó, arqueando la espalda, su mano derecha se disparó y agarró mi muslo para anclarse. Sus dedos grandes se clavaron en mi pierna a través de la tela de mis pantalones vaqueros.

Me congelé.

El contacto fue eléctrico. Una descarga que viajó desde mi muslo directo a mi vientre bajo, contrayéndolo de una forma que nunca había experimentado. No era dolor. Era... presión. Una oleada de calor.

Él debió sentirlo también, o quizás sintió mi estremecimiento, porque sus ojos se abrieron lento, clavándose en los míos.

—Aprieta —me ordenó con voz ronca, sin soltar mi pierna—. No pares.

Obedecí, presionando con más fuerza sobre la herida mientras mi corazón latía desbocado en mi garganta. Estábamos demasiado cerca. Podía ver las motas doradas en sus irises oscuros, podía ver la cicatriz pequeña que cortaba su ceja izquierda, podía oler ese aroma a bosque que parecía querer tragarme entera.

—Hueles... —empezó él, su nariz arrugándose ligeramente, inhalando profundamente a pesar del dolor.

—A vainilla —pronuncié, mi voz apenas un hilo—. Es mi jabón.

—No —su agarre en mi muslo se apretó, su pulgar trazando un círculo lento, casi inconsciente, sobre la tela—. Hueles a… calma.

Tragué saliva, incapaz de apartar la mirada. ¿Estaba delirando por la pérdida de sangre? Ambrose, el Beta salvaje, el hombre que gruñía antes de hablar, ¿diciéndome que olía a calma?

—La sangre está parando —dije, buscando desesperadamente algo racional a lo que aferrarme. Levanté con cuidado una esquina de la gasa. La capacidad de regeneración de los lobos ya estaba empezando a trabajar, cerrando los bordes más profundos, aunque todavía necesitaría limpieza y vendaje—. Tengo que limpiarlo. Va a arder.

—Hazlo.

Saqué el desinfectante. Empapé un algodón y, mordiéndome el labio inferior, procedí a limpiar los bordes de los cortes.

Ambrose no gritó. Ni siquiera se quejó. Solo me miraba. Me observaba con una intensidad depredadora que hacía que mis manos temblaran más de la cuenta.

Sentía que él no estaba enfocado en el dolor de su costado, sino en el movimiento de mis dedos, en la forma en que mis pestañas rozaban los cristales de mis lentes, en mi respiración agitada.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó de repente, su voz era un murmullo oscuro en la biblioteca, volviéndose un retumbo íntimo en el espacio silencioso.

—Emery —respondí, concentrada en poner una gasa limpia y asegurarla con cinta.

—Emery —repitió, probando el nombre en su lengua. Sonó oscuro en su boca, posesivo—. Nunca te había visto en las reuniones de la manada.

—Voy a todas —dije, terminando el vendaje y atreviéndome a mirarlo de nuevo—. Solo que tú nunca miras hacia las esquinas.

Algo cruzó su rostro. Una sombra de arrepentimiento, quizás, o de curiosidad. Su mano, la que había estado apretando mi muslo, se deslizó lentamente hacia arriba, soltándome, pero dejando un rastro de calor fantasma en mi piel.

—Ya está —dije, apartándome un poco, sintiendo la necesidad urgente de poner distancia entre su cuerpo masivo y el mío. El aire alrededor de él estaba demasiado cargado, demasiado denso—. Deberías poder levantarte en unos minutos. Igual llamaré al médico de la manada para que te revise bien.

Hice el ademán de levantarme, de huir a la seguridad de mi mostrador, lejos de este hombre que olía a peligro y tentación.

Pero no llegué lejos.

Su mano se disparó con una velocidad sobrenatural, atrapando mi muñeca. Sus dedos largos rodearon mi brazo delgado, un grillete de piel cálida, casi ardiente.

Me detuve en seco, un jadeo escapando de mis labios. Miré hacia abajo, a su mano grande envolviendo mi muñeca, y luego a su rostro. Ambrose ya no parecía herido… parecía hambriento.

Tiró de mí, no con fuerza bruta, pero con una firmeza ineludible, obligándome a inclinarme hacia él hasta que nuestros rostros quedaron a centímetros de distancia. Su aliento cálido golpeó mis labios, mezclando su olor a bosque con mi vainilla.

Mi corazón martilleaba tan fuerte que dolía.

—Nadie me toca cuando estoy herido sin perder una mano, Emery —. Sus ojos bajaron descaradamente a mi boca antes de volver a clavarse en los míos, oscuros y dilatados—. Mi lobo suele querer matar a cualquiera que se acerque...

Hizo una pausa, acercando su nariz a mi cuello, inhalando profundamente, provocando que un escalofrío delicioso recorriera mi columna vertebral y me hiciera arquearme involuntariamente hacia él.

—¿Por qué contigo siento como si estuvieras calmando a mi bestia? —murmuró contra mi piel, su voz ronca despertando un cosquilleo demasiado agradable como para no ser peligroso—. ¿Qué me has hecho, Emery?

Abrí la boca, sin saber qué decir.

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