Mundo ficciónIniciar sesiónENTRE GARRAS Y CARICIAS es una colección de historias cortas de romance licántropo +18 A veces una no quiere casarse con el príncipe azul, sino ser reclamada por la bestia. En estas historias encontrarás licántropos que gruñen, muerden y aman con una intensidad salvaje. Una vez que entres a su territorio, ellos te reclamarán como suya.
Leer másSINOPSIS
Para la manada, soy invisible. Solo la bibliotecaria tímida de gafas grandes. Hasta que Ambrose, el letal y salvaje Beta, irrumpe en mi biblioteca desangrándose y destroza mi paz. Cometí el error de salvarlo, y ahora la bestia ha decidido que le pertenezco. Ambrose no entiende de romance suave, me corteja de la manera más primitiva posible. Es peligroso, posesivo y está obsesionado con mi silencio, pero ha dejado algo muy claro: ya no me permitirá esconderme nunca más. Dicen que la curiosidad mató al gato, pero en mi caso, la compasión despertó a la bestia. (***) Emery La biblioteca de la manada siempre olía igual. A madera encerada, a libros antiguos y, según decían, a mí. A vainilla. Para el resto de los lobos, este lugar era solo un depósito de documentos viejos y tratados aburridos que nadie leía. Para mí, era el único sitio donde mi existencia pasaba desapercibida, donde podía ser invisible. Me ajusté las gafas grandes sobre el puente de la nariz, sintiendo cómo se resbalaban por tercera vez en el último minuto, y me envolví más fuerte en mi suéter de lana gris. Me quedaba dos tallas más grande, cayendo sobre mis hombros y ocultando cualquier rastro de mi figura, tal como me gustaba. Afuera, la tormenta rugía con una violencia que hacía vibrar los cristales de las ventanas altas. Los truenos resonaban en mi pecho, pero aquí dentro, el silencio era mi escudo. O eso creía. El estruendo de la puerta principal al ser golpeada contra la pared de piedra no solo rompió el silencio, lo destruyó. Salté en mi silla, dejando caer el libro de botánica que estaba catalogando. Mi corazón, traicionero y humano en su fragilidad, comenzó a golpear contra mis costillas. Nadie venía a la biblioteca a estas horas. Nadie venía con esa furia. —¡Mierda! —la voz fue un gruñido grave, rasposo, cargado de dolor. Me asomé con cautela entre la estantería de Historia de la Manada. Mis ojos se abrieron desmesuradamente tras los cristales de mis lentes. Ambrose. El Beta de la manada. El ejecutor. La mano derecha del Alpha y, sin lugar a dudas, la criatura más aterradora que caminaba sobre dos piernas. Estaba allí, de pie en el vestíbulo, empapado de lluvia. Su cabello, un rubio oscuro y salvaje que le caía sobre la frente, goteaba agua sobre la alfombra inmaculada. Pero no fué el agua lo que hizo que se me helara la sangre. Fué el líquido rojo. Un carmesí brillante, ferroso y alarmante que manchaba todo el costado izquierdo de su camisa blanca, ahora pegada a su torso como una segunda piel traslúcida. Se sujetaba las costillas con una mano enorme, y la sangre brotaba entre sus dedos, goteando al suelo con un ritmo hipnótico que me puso los pelos de punta. Debería haberme escondido. Mi instinto de supervivencia, ese que me había mantenido a salvo y sola durante veintidós años, me gritaba que me ocultara bajo el escritorio. Ambrose era conocido por su temperamento volátil, por sus peleas en los bares del pueblo y por esa aura de peligro que lo rodeaba como una nube oscura de tormenta. Pero entonces, sus rodillas cedieron. La montaña de músculos se desplomó, chocando contra una mesa de lectura antes de caer pesadamente al suelo. Un gemido sordo escapó de sus labios. El miedo se evaporó, reemplazado por algo más antiguo, algo intrínseco a mi naturaleza de sanadora frustrada. Corrí. Mis zapatillas no hicieron ruido sobre la alfombra mientras acortaba la distancia. Me arrodillé a su lado, ignorando cómo el olor metálico de la sangre invadía mis fosas nasales, mezclándose con el aroma de la lluvia y algo más... algo profundo. Musgo húmedo. Pino. Bosque nocturno. Era el olor de Ambrose. Un aroma oscuro, peligroso e hipnótico que me golpeó con la fuerza de una marea, provocando que mis pulsaciones se aceleraran. —Ambrose —susurré, mis manos temblando en el aire, sin saber dónde posarlas sin causarle más daño. Él abrió los ojos. Eran de un café tan oscuro que parecían negros, dilatados por el dolor y la adrenalina del lobo. Me enfocó con dificultad, sus pupilas contrayéndose al verme. —Vete —gruñó. El sonido vibró en su pecho, resonando en el suelo bajo mis rodillas—. No... no deberías estar aquí. —Tú eres el que está desangrándose en mi biblioteca —repliqué, mi voz saliendo más firme de lo que me sentía. Me obligué a mirar la herida, no su rostro. La tela de la camisa estaba empapada—. Tengo que ver qué tan profundo es. Acerqué mis manos a su costado. —¡Dije que te vayas! —bramó, lanzando un zarpazo ciego con su mano libre. Me aparté justo a tiempo, pero el movimiento brusco le costó caro. Soltó un aullido ahogado y su cabeza cayó hacia atrás contra la pata de la mesa, su respiración volviéndose errática. —Si sigues moviéndote, vas a perder más sangre y te desmayarás —dije, mi timidez habitual escondida tras la urgencia—. Y no tengo la fuerza suficiente para arrastrarte hasta la salida, Ambrose. Así que vas a tener que dejarme ayudarte. Me ajusté las gafas nerviosamente Él giró la cabeza hacia mí. Estaba pálido, con gotas de sudor mezclándose con la lluvia en su sien. Me miró como si nunca me hubiera visto antes, o como si fuera una alucinación molesta. —No tienes… ni idea de lo que haces —dijo, respirando con dificultad. —Sé lo suficiente. Quédate quieto. No esperé su permiso esta vez. Me levanté un segundo para correr hacia el mostrador de recepción, donde guardaba un kit de primeros auxilios básico y unas tijerasl. Cuando regresé, él seguía en la misma posición, respirando con dificultad. Me arrodillé de nuevo, esta vez entre sus piernas abiertas, una posición que en cualquier otro contexto me habría hecho arder de vergüenza, pero ahora solo me preocupaba el ángulo para acceder a la herida. —Voy a cortar la camisa —anuncié, levantando las tijeras. Él no protestó, solo me observó. Sentí el peso de su mirada recorriendo mi rostro, mis gafas, mi boca apretada por la concentración. Metí la punta fría de las tijeras bajo la tela empapada, rozando su piel caliente. Ambrose se tensó, sus músculos abdominales contrayéndose tan fuerte que parecían piedra bajo mi toque. —Lo siento, está fría —murmuré. —No es el frío —jadeó él, cerrando los ojos con fuerza. Corté la tela hacia arriba, rasgando el algodón empapado. Cuando aparté los jirones de la camisa, tuve que reprimir un grito ahogado. No era una herida de cuchillo. Eran garras. Tres surcos profundos recorrían su costado, desde la última costilla hasta la cadera. La carne estaba abierta, y la sangre manaba con un ritmo constante pero, gracias a la Luna, no parecía haber tocado ninguna arteria principal. —Cambiantes renegados —masculló él, leyendo el horror en mi rostro sin necesidad de abrir los ojos—. Cruzaron la frontera norte. —Cállate, por favor. Necesitas guardar energía. Saque gasas estériles del botiquín. Mis manos se veían ridículamente pequeñas y pálidas contra su piel bronceada y maltratada. Él era enorme. Incluso herido, irradiaba un calor que traspasaba mi suéter, una energía bruta que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Presioné la gasa sobre la herida. Ambrose siseó, arqueando la espalda, su mano derecha se disparó y agarró mi muslo para anclarse. Sus dedos grandes se clavaron en mi pierna a través de la tela de mis pantalones vaqueros. Me congelé. El contacto fue eléctrico. Una descarga que viajó desde mi muslo directo a mi vientre bajo, contrayéndolo de una forma que nunca había experimentado. No era dolor. Era... presión. Una oleada de calor. Él debió sentirlo también, o quizás sintió mi estremecimiento, porque sus ojos se abrieron lento, clavándose en los míos. —Aprieta —me ordenó con voz ronca, sin soltar mi pierna—. No pares. Obedecí, presionando con más fuerza sobre la herida mientras mi corazón latía desbocado en mi garganta. Estábamos demasiado cerca. Podía ver las motas doradas en sus irises oscuros, podía ver la cicatriz pequeña que cortaba su ceja izquierda, podía oler ese aroma a bosque que parecía querer tragarme entera. —Hueles... —empezó él, su nariz arrugándose ligeramente, inhalando profundamente a pesar del dolor. —A vainilla —pronuncié, mi voz apenas un hilo—. Es mi jabón. —No —su agarre en mi muslo se apretó, su pulgar trazando un círculo lento, casi inconsciente, sobre la tela—. Hueles a… calma. Tragué saliva, incapaz de apartar la mirada. ¿Estaba delirando por la pérdida de sangre? Ambrose, el Beta salvaje, el hombre que gruñía antes de hablar, ¿diciéndome que olía a calma? —La sangre está parando —dije, buscando desesperadamente algo racional a lo que aferrarme. Levanté con cuidado una esquina de la gasa. La capacidad de regeneración de los lobos ya estaba empezando a trabajar, cerrando los bordes más profundos, aunque todavía necesitaría limpieza y vendaje—. Tengo que limpiarlo. Va a arder. —Hazlo. Saqué el desinfectante. Empapé un algodón y, mordiéndome el labio inferior, procedí a limpiar los bordes de los cortes. Ambrose no gritó. Ni siquiera se quejó. Solo me miraba. Me observaba con una intensidad depredadora que hacía que mis manos temblaran más de la cuenta. Sentía que él no estaba enfocado en el dolor de su costado, sino en el movimiento de mis dedos, en la forma en que mis pestañas rozaban los cristales de mis lentes, en mi respiración agitada. —¿Cuál es tu nombre? —preguntó de repente, su voz era un murmullo oscuro en la biblioteca, volviéndose un retumbo íntimo en el espacio silencioso. —Emery —respondí, concentrada en poner una gasa limpia y asegurarla con cinta. —Emery —repitió, probando el nombre en su lengua. Sonó oscuro en su boca, posesivo—. Nunca te había visto en las reuniones de la manada. —Voy a todas —dije, terminando el vendaje y atreviéndome a mirarlo de nuevo—. Solo que tú nunca miras hacia las esquinas. Algo cruzó su rostro. Una sombra de arrepentimiento, quizás, o de curiosidad. Su mano, la que había estado apretando mi muslo, se deslizó lentamente hacia arriba, soltándome, pero dejando un rastro de calor fantasma en mi piel. —Ya está —dije, apartándome un poco, sintiendo la necesidad urgente de poner distancia entre su cuerpo masivo y el mío. El aire alrededor de él estaba demasiado cargado, demasiado denso—. Deberías poder levantarte en unos minutos. Igual llamaré al médico de la manada para que te revise bien. Hice el ademán de levantarme, de huir a la seguridad de mi mostrador, lejos de este hombre que olía a peligro y tentación. Pero no llegué lejos. Su mano se disparó con una velocidad sobrenatural, atrapando mi muñeca. Sus dedos largos rodearon mi brazo delgado, un grillete de piel cálida, casi ardiente. Me detuve en seco, un jadeo escapando de mis labios. Miré hacia abajo, a su mano grande envolviendo mi muñeca, y luego a su rostro. Ambrose ya no parecía herido… parecía hambriento. Tiró de mí, no con fuerza bruta, pero con una firmeza ineludible, obligándome a inclinarme hacia él hasta que nuestros rostros quedaron a centímetros de distancia. Su aliento cálido golpeó mis labios, mezclando su olor a bosque con mi vainilla. Mi corazón martilleaba tan fuerte que dolía. —Nadie me toca cuando estoy herido sin perder una mano, Emery —. Sus ojos bajaron descaradamente a mi boca antes de volver a clavarse en los míos, oscuros y dilatados—. Mi lobo suele querer matar a cualquiera que se acerque... Hizo una pausa, acercando su nariz a mi cuello, inhalando profundamente, provocando que un escalofrío delicioso recorriera mi columna vertebral y me hiciera arquearme involuntariamente hacia él. —¿Por qué contigo siento como si estuvieras calmando a mi bestia? —murmuró contra mi piel, su voz ronca despertando un cosquilleo demasiado agradable como para no ser peligroso—. ¿Qué me has hecho, Emery? Abrí la boca, sin saber qué decir.IsabelleDebí haber huído.Debí haberme asustado.Estaba acorralada entre los estantes de mi propia pastelería, por el cuerpo masivo de un hombre peligroso que acababa de dejar a dos matones inconscientes y ensangrentados a pocos metros. Y eso sin mencionar el dorado inhumano que se había encendido en sus iris.Pero mi cuerpo no entendía de lógica.Mi corazón no empujaba contra mis costillas por miedo a morir, sino por una razón mucho más peligrosa y primitiva.Quería pertenecerle.Gabriel parpadeó y, tan rápido como había aparecido, el brillo dorado se desvaneció, dejando paso a ese café oscuro, profundo y tan irresistible.Sin embargo, la intensidad no disminuyó. Seguía mirándome como si yo fuera lo único que lo mantenía anclado a la tierra.—Estás temblando —murmuró. Su voz se había vuelto grave y profunda. Parecía acariciar mi piel ante nuestra cercanía.—Yo… —intenté hablar, pero las palabras se atascaron en mi garganta cuando su mano grande y fuerte envolvió la mía.Su piel est
IsabelleEran las nueve y cincuenta y ocho de la mañana. Lo sabía no porque hubiera mirado el reloj que colgaba sobre la cafetera industrial, sino por el ritmo frenético de mi propio corazón. Mis manos temblaban ligeramente mientras espolvoreaba azúcar glass sobre los croissants recién horneados. El polvo blanco caía como nieve dulce, cubriendo las imperfecciones de la masa, del mismo modo que yo intentaba cubrir el nerviosismo que me devoraba por dentro.La pequeña pastelería estaba impregnada de un calor acogedor y aromas dulces. Pero para mí, a esa hora específica, el aire se sentía cargado de electricidad estática, como la atmósfera pesada antes de que estalle una tormenta de verano.Limpié mis manos en el delantal blanco, alisando la tela sobre mis caderas. Miré mi reflejo en la vitrina de pasteles. Mis mejillas estaban sonrojadas por el calor del horno, o quizás, por la anticipación. «Solo es un cliente, Isabelle. No seas ridícula» intentó convencerme a mí misma, pero él no er
Emery El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales altos. Levanté la vista de mi libro, ajustándome las gafas, y observé mi santuario. Ambrose no había mentido. Había tardado casi un año, trabajando cada fin de semana, cada noche libre después de sus patrullas, pero me había construido mi propia biblioteca. Una extensión de nuestra cabaña diseñada solo para mí, con una chimenea y estanterías altas. —¡Mami! ¡Mami, mira! —una vocecita aguda rompió el silencio sagrado. Bastian entró corriendo, sus pies descalzos sobre la alfombra. A sus cuatro años, era una copia en miniatura de su padre. Tenía el mismo cabello rubio oscuro que siempre parecía despeinado, la misma mandíbula fuerte y una energía inagotable que a veces me dejaba exhausta antes del mediodía. —Bastian, cuidado con los libros —advertí suavemente, dejando el mío sobre la mesa auxiliar. —¡Mira lo que encontré! —se frenó en seco frente a mi sillón, con las manos sucias de tierra extendidas hacia mí—. ¡Es un d
EmeryEl silencio que siguió a la partida de Ambrose fué peor que cualquier grito.Me quedé en medio de la biblioteca, abrazándome a mí misma, sintiendo cómo el frío se filtraba en mis huesos a pesar de que mi piel todavía ardía. Los enviados del Alpha habían golpeado un par de veces más y luego, al no recibir respuesta ni percibir movimiento, se habían marchado, dejando detrás una amenaza implícita en el aire.Pasaron las horas.La tarde cayó sobre la biblioteca, alargando las sombras de las estanterías hasta convertirlas en garras oscuras que parecían querer atraparme. Intenté seguir con mis tareas. Intenté catalogar, ordenar, limpiar... cualquier cosa para no pensar en dónde estaba él.¿Lo habrían capturado? ¿Estaría herido de nuevo?Cada vez que cerraba los ojos, revivía la sensación de su peso sobre mí, de su crudeza llenándome. Me llevé la mano al vientre, donde mariposas aleteaban ante el recuerdo de su posesividad. Olía a él. Podía sentir su rastro impregnado en mí.Y una sonr
EmeryEl sonido de una página al pasar resonó como un eco en la calma de la biblioteca.Llevaba dos horas allí. Ciento veinte minutos de tortura psicológica y física. Ambrose estaba sentado en el sillón de lectura individual, ocupando casi todo el espacio con su cuerpo masivo. Sus piernas largas estaban estiradas frente a él, cruzadas a la altura de los tobillos, y sostenía un libro pesado entre sus enormes manos.Ni siquiera estaba segura de que estuviera leyendo.De vez en cuando, pasaba una página con una brusquedad que amenazaba con rasgar el papel, pero sus ojos oscuros no seguían las líneas de texto. Sus ojos me seguían a mí.Cada vez que yo me movía detrás del mostrador para archivar una ficha, su mirada se clavaba en mi nuca. Cada vez que me estiraba para alcanzar un bolígrafo, sentía su atención recorrer la curva de mi espalda bajo el suéter. Era una presencia amenazando con hacerme perder la cordura.—Vas a perforarme la espalda si sigues mirándome así —murmuré, sin levantar
EmeryHabían pasado cuarenta y ocho horas desde que la sangre de Ambrose irrumpió herido y goteando sangre, y el silencio de la biblioteca ya no se sentía como paz. Se sentía diferente. Era como una espera.Esa noche, me había quedado dormida en el suelo, sentada contra la estantería, vigilando su respiración irregular mientras la tormenta amainaba. Él no había dicho nada más, la pérdida de sangre lo tenía demasiado débil como para interrogarme. Y cuando desperté, él ya no estaba.Se había ido sin una nota. Sin un adiós. Solo quedaba un rastro de su aroma a bosque nocturno impregnado en mi suéter y una mancha oscura en la alfombra que tuve que fregar durante una hora.—Estúpida —murmuré para mí misma, sellando con fuerza el tampón de tinta sobre la ficha de un libro—. Es el ejecutor de la manada, Emery. No se queda a conversar con una mera bibliotecaria.Intenté concentrarme en mi trabajo. La biblioteca estaba vacía, como siempre a media mañana. Me ajusté las gafas y tomé un sorbo de
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