El día treinta y seis llegó envuelto en una bruma gélida que subía desde los niveles inferiores de la Ciudadela de Hierro. La piedra negra del castillo parecía exudar el frío de los siglos, pero Astraea no lo sentía. Al contrario, su temperatura corporal seguía elevándose de una manera que desafiaba la lógica biológica de un licántropo común. Se encontraba en la terraza privada de sus aposentos, observando cómo la escarcha en el barandal se evaporaba al contacto con sus dedos. No era el calor d