El día cincuenta y dos se hundió en las entrañas de la fortaleza con la pesadez de una tumba de granito. El foso de agua profunda, una reliquia de las guerras antiguas destinada a quebrar a los guerreros más rebeldes, era ahora el hogar de Astraea. El agua, alimentada por el deshielo de los picos superiores, le llegaba a la cintura, obligándola a permanecer de pie o apoyada en las paredes cubiertas de musgo congelado. No había luz, excepto por la que se filtraba a través de una rejilla en el techo, a seis metros de altura, por donde los guardias arrojaban sobras de comida que ella apenas tocaba.
Sin embargo, el aislamiento no estaba produciendo el efecto que el Alpha Thomas deseaba. En el silencio absoluto del foso, los sentidos de Astraea no se apagaban; se expandían. Podía sentir el pulso de la fortaleza a través de la piedra húmeda: el trote de los caballos en el patio, el roce de las capas de los guardias, y sobre todo, el latido dual y desacomasado de los gemelos que, aunque no s