El día cincuenta y dos se hundió en las entrañas de la fortaleza con la pesadez de una tumba de granito. El foso de agua profunda, una reliquia de las guerras antiguas destinada a quebrar a los guerreros más rebeldes, era ahora el hogar de Astraea. El agua, alimentada por el deshielo de los picos superiores, le llegaba a la cintura, obligándola a permanecer de pie o apoyada en las paredes cubiertas de musgo congelado. No había luz, excepto por la que se filtraba a través de una rejilla en el te