El día cincuenta y tres nació envuelto en una bruma espesa que subía desde los valles inferiores, una niebla que se adhería a las piedras de la fortaleza como una segunda piel. Tras el enfrentamiento en la torre, el ambiente en la Luna Plateada ya no era de desprecio, sino de una paranoia eléctrica. Los guardias ya no se burlaban de Astraea cuando pasaban frente a su celda; ahora se hacían la señal de la protección o apretaban el pomo de sus espadas. Ella se había convertido en una anomalía, un fallo en la matriz de la manada que amenazaba con desmoronar la jerarquía del Alpha Thomas.
Astraea permanecía sentada bajo la única rendija de luz. Había recuperado el colgante de piedra lunar que Killian dejó caer, y ahora la gema descansaba contra su piel, vibrando con una calidez que parecía consolar la furia que aún latía en sus omóplatos.
El confinamiento en la torre alta no era solo físico; era un intento de Thomas por asfixiar el espíritu de la "protegida". Durante las primeras horas de