Capitulo 44

El día cincuenta y uno se arrastró sobre la Fortaleza de la Luna Plateada con una pesadez sofocante. La nieve, que debería haber sido blanca y pura en esta época del año, parecía haber adquirido un matiz grisáceo, como si las cenizas de los malos presagios hubieran caído sobre el valle. Astraea fue sacada del foso de agua profunda al alba. Sus extremidades estaban rígidas, no por el frío —que su cuerpo parecía procesar como una simple molestia— sino por la inmovilidad de las cadenas que la habían mantenido anclada a la piedra.

Los guardias que la escoltaban ya no la tocaban directamente; usaban garfios de hierro para tirar de los grilletes, manteniéndose a una distancia prudencial. Habían visto lo que le sucedió a Kaelen, y el rumor de que la "paria" portaba una maldición eléctrica se había extendido por los cuarteles como la pólvora.

El camino hacia el Altar de los Lamentos era una ascensión empinada por un sendero tallado en el desfiladero. El altar no era más que una losa de granit
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