El día cincuenta y uno se arrastró sobre la Fortaleza de la Luna Plateada con una pesadez sofocante. La nieve, que debería haber sido blanca y pura en esta época del año, parecía haber adquirido un matiz grisáceo, como si las cenizas de los malos presagios hubieran caído sobre el valle. Astraea fue sacada del foso de agua profunda al alba. Sus extremidades estaban rígidas, no por el frío —que su cuerpo parecía procesar como una simple molestia— sino por la inmovilidad de las cadenas que la habí