Mundo ficciónIniciar sesiónLo perdí todo en una sola noche de lluvia: mi orgullo, mi herencia y mi futuro. El mundo que construí se derrumbó cuando encontré a mi prometido, el Alfa Brenan Thomas, en la cama con la única mujer que jamás debió tocar. Pero el destino fue aún más cruel que la traición. No me permitió morir en el metal retorcido de aquel accidente; en lugar de la muerte, encontré a Dante Scianna. Desperté en la penumbra de su mansión, sintiendo el ardor de una marca que no pedí, pero que ahora me vincula irrevocablemente al hombre más temido de la mafia italiana. Dante no es el salvador que esperaba; es el Diablo que me acecha en la oscuridad, susurrando promesas de sangre contra mi cuello mientras sus manos posesivas me recuerdan que, para el mundo, soy un cadáver... pero para él, soy su obsesión y posesión más preciada. Bajo las sombras de su imperio, acepté un trato que me hace temblar: él pondrá el poder, las armas y el miedo de mis enemigos a mis pies, siempre y cuando acepte que cada centímetro de mi piel ahora le pertenece. Mientras recupero el trono que Brenan y su amante me robaron, Dante se encarga de demostrarme, con cada roce cargado de deseo, que ya no soy la loba ingenua de antes. Porque un Scianna nunca olvida, y he descubierto que para destruir a un Alfa, primero debo entregarme al Diablo. ¿Podré resistirme al toque del hombre que me rescató del infierno solo para reclamarme en su cama? ¿Qué cara pondrá Brenan cuando descubra que no solo sigo viva, sino que tengo al depredador más peligroso del mundo cuidando mi espalda? ¿Es Dante mi salvador, o el precio de mi venganza será entregarle mi alma para siempre?
Leer másEl mundo se reducía al crujido del metal retorciéndose bajo el calor y al siseo de las llamas devorando la tapicería. El aire era puro veneno. Cada bocanada de humo me quemaba los pulmones, pero el dolor físico no era nada comparado con el vacío abrasador en mi pecho. A través de la ventana astillada, vi las luces traseras de un coche alejándose bajo la lluvia torrencial. Brenan, mi prometido, me había dejado allí para ser consumida por el fuego mientras huía con su amante. Me habían abandonado en esa trampa de hierro para que las cenizas ocultaran su traición.
El sudor me escocía en las heridas abiertas, mezclándose con la sangre que bajaba por mi frente. Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía. El impacto contra el árbol había dejado mis músculos desconectados de mi voluntad, una cáscara rota que solo podía esperar a que el fuego terminara de devorar el oxígeno. Mi corazón golpeaba contra mis costillas con un ritmo errático y violento, un tambor desesperado que se negaba a aceptar que el final estaba tan cerca. Quise gritar, quise maldecir el nombre de Brenan hasta desgarrarme la garganta, pero de mis labios solo escapó un sollozo ahogado por la ceniza.
Afuera, la tormenta rugía con una furia implacable. Escuchaba el sonido del traqueteo frenético de la lluvia golpeando el techo de la carrocería, un sonido metálico y rítmico que parecía burlarse de mi situación. Las gotas chocaban contra el metal ardiente, evaporándose al instante en nubes de vapor que nublaban aún más mi vista, pero el agua no era suficiente para apagar el hambre del fuego que devoraba el motor estampado contra aquel árbol milenario.
La noche era una boca de lobo, una negrura absoluta que solo se rompía por los destellos anaranjados de mi propia muerte. La lucha comenzó a desvanecerse. El pánico que antes me hacía sacudirme con fuerza fue reemplazado por una pesadez extrañamente seductora. Mis extremidades dejaron de doler, volviéndose ligeras, casi etéreas, como si mi alma estuviera empezando a desprenderse de la carne quemada.
«Ríndete», susurró la oscuridad en mi oído.
Mis párpados pesaban toneladas. Estaba a un latido de entregarme, de dejar que la inconsciencia me borrara de este mundo de traidores, cuando el cristal de la ventanilla estalló.
El sonido fue como un disparo en mitad de mi agonía. No fue la presión del fuego lo que rompió el vidrio, sino un golpe seco y devastador. A través de la cortina de humo, una sombra imponente se filtró en mi campo de visión. Un par de manos grandes, enfundadas en cuero negro y cargadas de una fuerza que desafiaba cualquier lógica, se hundieron en el habitáculo.
Esas manos no vacilaron cuando destrozaron el cinturón de seguridad y luego me sujetaron con una firmeza implacable, arrancándome del asiento con una facilidad inhumana. El movimiento me hizo soltar un quejido ronco mientras sentía cómo me alejaba del rugido de las llamas. Lo primero que golpeó mis sentidos fue el frío violento de la lluvia estrellándose contra mi piel, y lo segundo, un aroma que cortó la neblina de mi mente: sándalo, pólvora y un rastro de algo salvaje que hizo que mi loba, hundida en lo más profundo de mi consciencia, abriera los ojos de golpe.
Me apretó contra su pecho, un muro de músculo y calor que vibraba con una autoridad que nunca había sentido antes. Por encima del estruendo de la tormenta, escuché su voz. Una nota baja, posesiva y letal.
—Te tengo —gruñó, y el sonido retumbó en mis propios huesos—. Mírame. No te he sacado del infierno para que te mueras ahora.
Traté de enfocar la vista, esperando encontrar el rostro de un rescatista, pero lo que vi me detuvo el corazón. Sus ojos no eran normales. Bajo la lluvia y el resplandor de las llamas, brillaban con un fulgor dorado y salvaje que solo pertenecía a nuestra especie. El gruñido que vibraba en su garganta no era de esfuerzo, sino una advertencia territorial para el mundo entero.
Era uno de nosotros. Y su aroma, una mezcla embriagadora de peligro, inundó mis sentidos, reconociendo a la loba herida que aullaba débilmente dentro de mí. Él no sabía mi nombre, ni que yo era la heredera que Brenan acababa de traicionar, pero su instinto fue más rápido que su piedad.
Sus dedos se enterraron en mi pelo y mi piel ardiente, me obligaron a exponer la garganta mientras su mirada se clavaba en mi piel desnuda con una hambre que me hizo estremecer.
—El destino acaba de entregarte a mí —susurró contra mi oído, su aliento caliente chocando contra mi piel mojada y lacerada—. Y yo no comparto lo que el destino pone en mis manos. A partir de este segundo, me perteneces. Eres mía.
Antes de que la negrura me tragara por completo, sentí un pinchazo abrasador en la base de mi cuello. No fue un mordisco de auxilio, sino una reclamación violenta y sorpresiva. Un fuego líquido que inyectó su esencia en mis venas y me encadenó a su voluntad para siempre. En ese último instante de lucidez, lo comprendí con terror y una fascinación que me quemaba por dentro: Aquel desconocido me había marcado como su Luna sin siquiera saber quién era yo, y yo me hundía en la inconsciencia sabiendo que, a partir de hoy, mi vida ya no me pertenecía.
No pude pegar el ojo en toda la noche.Cerrar los ojos era invitar a las llamas y al rostro de Brenan a mi mente, pero lo que era aún peor, era sentir todavía la presión de los dedos de Dante en mi nuca. Pasé la mayor parte de la madrugada mirando un punto fijo en el techo, dejando que las lágrimas resbalaran hasta perderse en la almohada.Recordaba una y otra vez cómo se había marchado Dante. Después de soltarme la bomba sobre el envenenamiento de mi padre y darme ese ultimátum de sangre, el aire en la habitación se volvió irrespirable. No le creí, o al menos me obligué a no hacerlo. Se lo grité en la cara con el alma rota, llamándolo mentiroso y oportunista mientras intentaba desesperadamente borrar el rastro de su aliento de mis labios. Él no se inmutó ante mi furia. Intentó acercarse, quizá para consolarme o quizá para reafirmar su dominio, pero lo rechacé con un empujón cuando pude recuperarme. Él solo me miró con esa frialdad impenetrable antes de retirarse con el eco de su pr
Las horas siguientes fueron un desfile de rostros extraños y silencios que me crispaban los nervios. El doctor Webber y la enfermera trabajaron con eficiencia, revisando mis reflejos, limpiando la herida de mi brazo con una atención minuciosa y apagando esos aparatos infernales que no dejaban de emitir su rítmico pitido.Cada vez que abría la boca para preguntar por él, por el hombre que acababa de marcar mi cuello con un beso cargado de posesión, obtenía la misma respuesta: un silencio incómodo o una mirada huidiza hacia la puerta. Era desesperante. Solo conocía su apellido, Scianna. Era el bastardo desgraciado que me mantenía cautiva.«Tengo que salir de aquí», me repetía como un mantra, mientras la rabia me quemaba por dentro.Quince días. Había estado fuera del mundo dos semanas enteras. En el imperio Blackwell, ese tiempo era una eternidad. Me preguntaba por qué nadie me había buscado, aunque la respuesta me golpeaba con la fuerza de un mazo: Brenan. Ese mald1to malnacido. Mi ah
El silencio absoluto fue roto únicamente por un pitido rítmico y monótono que taladraba mis sienes. Intenté abrir los ojos, pero mis párpados pesaban como si estuvieran sellados con plomo. El aire no sabía a ceniza ni a gasolina: ahora era denso, impregnado de un aroma a sándalo y ese rastro aséptico de los medicamentos que me revolvía el estómago.Cuando finalmente logré abrir los ojos y enfocar la vista, la confusión me golpeó con más fuerza que el impacto contra el árbol. No estaba en una sala de emergencias fría, blanca e impersonal. Me encontraba en una habitación de proporciones monumentales y estilo clásico, donde la elegancia se respiraba en cada moldura de madera clara y en el relieve de las paredes. A mi izquierda, un ventanal inmenso dominaba el espacio, cubierto por largas cortinas de gasa traslúcida que se mecían apenas con el aire acondicionado. A través de ellas, se filtraba un resplandor anaranjado y vibrante.Me quedé helada ¿Era el fuego? Por un segundo, el pánico m
El mundo se reducía al crujido del metal retorciéndose bajo el calor y al siseo de las llamas devorando la tapicería. El aire era puro veneno. Cada bocanada de humo me quemaba los pulmones, pero el dolor físico no era nada comparado con el vacío abrasador en mi pecho. A través de la ventana astillada, vi las luces traseras de un coche alejándose bajo la lluvia torrencial. Brenan, mi prometido, me había dejado allí para ser consumida por el fuego mientras huía con su amante. Me habían abandonado en esa trampa de hierro para que las cenizas ocultaran su traición.El sudor me escocía en las heridas abiertas, mezclándose con la sangre que bajaba por mi frente. Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía. El impacto contra el árbol había dejado mis músculos desconectados de mi voluntad, una cáscara rota que solo podía esperar a que el fuego terminara de devorar el oxígeno. Mi corazón golpeaba contra mis costillas con un ritmo errático y violento, un tambor desesperado que se negaba a acep
Último capítulo