El amanecer en el Fuerte de Hierro no trajo luz, sino una penumbra azulada y gélida que parecía brotar de las mismas piedras. El Rey Valerius se despertó antes de que el primer guardia tocara el cambio de turno; se levantó del suelo con la agilidad de un depredador, aunque sus ojos reflejaban el cansancio de mil años. Antes de salir de la habitación de Astraea, se detuvo a observarla. Ella dormía con un brazo fuera de las mantas, y la luz tenue de la mañana revelaba las finas líneas plateadas q