El carruaje avanzaba ahora por las Tierras Bajas, una región donde el suelo siempre estaba cubierto por una fina capa de escarcha y los árboles eran esqueletos de plata. El aire era tan frío que los caballos de la Guardia de Élite soltaban nubes de vapor denso por los ollares.
Astraea estaba sentada frente a Valerius dentro del carruaje. El Rey había decidido viajar con ella este tramo, dejando el mando exterior a Mikhail. El espacio era pequeño, cargado con el aroma de ambos: el almizcle de él y ese nuevo olor metálico y dulce de ella.
—Me mira como si esperara que me rompiera en cualquier momento —dijo Astraea, rompiendo el silencio.
Valerius apartó la vista de la ventana. —Estaba pensando en el pasado. En cómo las leyes de este reino tienen la costumbre de devorar a las mujeres que no encajan en sus moldes.
—Me contó sobre Seraphina —susurró ella—. Lady Elara dice que ella era perfecta.
—Seraphina era lo que ellos querían que fuera —respondió Valerius con una amargura que le rasgó