El viaje hacia el norte se vuelve cada vez más inhóspito. El Paso del Dragón no es solo un desafío físico por su altura y sus vientos cortantes, sino que actúa como una olla a presión para los secretos que Valerius ha guardado durante décadas. La sombra de Seraphina y el destino de Astraea comienzan a entrelazarse en el aire enrarecido de las montañas.
El ascenso al Paso del Dragón comenzó bajo un cielo de color plomo que amenazaba con una tormenta de nieve eterna. El camino, una cornisa de piedra que zigzagueaba por la ladera de la montaña, era tan estrecho que el carruaje de Astraea crujía con cada sacudida, amenazando con precipitarse al vacío. El aire allí arriba era escaso, un aire que quemaba los pulmones de los humanos y hacía que los lobos se sintieran letárgicos.
Sin embargo, Astraea se sentía extrañamente lúcida. Mientras los guardias de la escolta se envolvían en sus capas de piel de oso y luchaban por respirar, ella sentía que sus sentidos se expandían. Podía ver las griet