El día sesenta y nueve amaneció envuelto en una neblina tan densa que las torres de Draconis parecían agujas clavadas en una sábana de algodón gris. Era el día de la partida. El aire en el patio principal del Palacio de las Sombras estaba cargado de una tensión eléctrica; no era solo el frío del invierno que se filtraba por las armaduras, sino el peso de un destino que comenzaba a desandar sus pasos.
Astraea permaneció de pie junto a los grandes baúles, vestida con su túnica de viaje de lana gruesa y la capa de pieles que Valerius le había regalado. Se sentía como una extraña en su propio cuerpo. La vibración en su espalda se había transformado en una presión sorda, como si sus huesos estuvieran siendo reconfigurados milímetro a milímetro. Cada vez que inhalaba, el aire de la capital le sabía a despedida.
La comitiva real no era una simple caravana; era una demostración de poder. Treinta jinetes de la Guardia de Élite, con sus armaduras de obsidiana pulida, rodeaban el carruaje blinda