La caravana real comenzó el ascenso por el desfiladero más alto del continente. A ambos lados, paredes de granito negro se alzaban como gigantes mudos, y el camino se volvía tan estrecho que el carruaje de Astraea parecía estar al borde del abismo.
Astraea mantenía la vista fija en la espalda de Valerius. El Rey cabalgaba a la cabeza, su capa ondeando con el viento gélido de las alturas. Verlo allí, tan sólido y eterno como las montañas, era lo único que mantenía a raya la sensación de irrealid