El amanecer en Draconis no traía consigo el olor a pino y tierra húmeda del norte, sino un aroma metálico a piedra caliente y fragancias refinadas. Al cruzar la Séptima Puerta, el carruaje de Astraea fue rodeado por la Guardia de Élite del Rey, guerreros con armaduras de ébano que hacían que los soldados de la Luna Plateada parecieran niños jugando a la guerra.
Astraea observaba a través de las cortinas de seda. Las calles estaban abarrotadas. Los ciudadanos de la capital, lobos de linajes antiguos y comerciantes de todas las regiones, se detenían para ver pasar la comitiva real. El murmullo era constante, como el zumbido de un enjambre de abejas.
—¿Es ella? —escuchó Astraea a través de la madera del carruaje—. ¿La huérfana que el Rey rescató?
—Dicen que no tiene lobo —respondió otra voz, cargada de desprecio—. Una mascota para el trono, nada más.
Astraea se hundió en su asiento. El peso de la mirada pública era asfixiante. En la manada era invisible, un objeto de burla; aquí, era una