La caravana real se detuvo al anochecer en una posada fortificada que servía exclusivamente a los mensajeros del Rey y a la nobleza en tránsito. Era un edificio de piedra robusta, con antorchas que desafiaban la neblina del valle. Para Astraea, cada parada era un recordatorio de que el tiempo no se detenía, y que cada kilómetro ganado hacia el sur era un kilómetro que tendría que desandar cuando las leyes de la manada la reclamaran.
Valerius no permitió que ella se alojara en las habitaciones c