La caravana real se detuvo al anochecer en una posada fortificada que servía exclusivamente a los mensajeros del Rey y a la nobleza en tránsito. Era un edificio de piedra robusta, con antorchas que desafiaban la neblina del valle. Para Astraea, cada parada era un recordatorio de que el tiempo no se detenía, y que cada kilómetro ganado hacia el sur era un kilómetro que tendría que desandar cuando las leyes de la manada la reclamaran.
Valerius no permitió que ella se alojara en las habitaciones comunes. La guio personalmente hacia el piso superior, donde el aire olía a madera de cedro y cera de abejas.
—Mis guardias vigilarán tu puerta —dijo el Rey, deteniéndose frente a la habitación de Astraea—. Esta noche no habrá lobos patrullando bajo tu ventana, pequeña. Puedes dormir sin miedo.
Astraea lo miró, y por un momento quiso confesarle que el miedo no estaba fuera, sino dentro de ella. Que sentía que su piel le quedaba pequeña, que sus oídos captaban el murmullo de los soldados en el pat