La nieve comenzó a caer con una furia renovada, transformando el bosque en un sudario blanco donde las distancias se volvían engañosas. Astraea caminaba con paso firme, ignorando el ardor en sus pulmones y el frío que amenazaba con dormir sus dedos. A su espalda, el crujido constante de las ramas le recordaba que las sombras tenían colmillos.
Kaelen y Killian no la atacaban de nuevo. Se mantenían a los lados, apareciendo y desapareciendo entre los árboles como fantasmas de pelaje pardo. A veces