El bosque del norte era un laberinto de sombras y agujas de pino que parecían susurrar amenazas con cada ráfaga de viento. Astraea corría, pero no era la carrera ágil de una loba transformada; era el esfuerzo desesperado de una humana que conocía el peso de sus propios límites. Sus pulmones silbaban, y el aire gélido se sentía como fragmentos de cristal bajando por su garganta.
Llevaba el cuchillo de Valerius sujeto con fuerza contra su muslo. El metal, frío y pesado, era lo único que la anclab