La habitación de invitados, que antes parecía una jaula de oro, ahora se sentía como el único refugio seguro en un mundo que quería devorarla. Astraea se encontraba sentada frente al fuego, envuelta en la capa de pieles de Valerius que él se había negado a recuperar. El aroma del Rey —ese olor a bosque antiguo y poder— actuaba como un bálsamo para sus nervios destrozados, pero no podía silenciar el miedo que le recorría los huesos.
Se miró las muñecas. Las marcas rojas que Killian le había deja