La habitación de invitados, que antes parecía una jaula de oro, ahora se sentía como el único refugio seguro en un mundo que quería devorarla. Astraea se encontraba sentada frente al fuego, envuelta en la capa de pieles de Valerius que él se había negado a recuperar. El aroma del Rey —ese olor a bosque antiguo y poder— actuaba como un bálsamo para sus nervios destrozados, pero no podía silenciar el miedo que le recorría los huesos.
Se miró las muñecas. Las marcas rojas que Killian le había dejado al apretarla contra la nieve habían desaparecido por completo. Ni una sombra, ni un rastro de inflamación.
—Esto no es normal —susurró, pasando sus dedos por la piel impecable—. Nadie cura así sin haber despertado a su loba.
Se levantó y se acercó al pequeño espejo de la pared. Sus ojos plateados parecían retener el brillo de la luna de la noche anterior. Había algo en su mirada que ya no pertenecía a la niña asustada que limpiaba las cenizas de la cocina. Era una dureza nueva, una resistenci