El sonido de la música llenaba el lugar, una mezcla de luces, risas y movimiento. Ana seguía sin reaccionar, observando la mano extendida frente a ella. El hombre del café —aquel que había irrumpido en su vida por accidente— la miraba con una calma inquietante, esperando su respuesta.
Clara, que seguía cerca, la empujó suavemente con el codo.
—Vamos, Ana, ¿qué pierdes? Es solo un baile.
Ana respiró hondo y, sin pensarlo más, colocó su mano sobre la de él. Su piel era cálida, firme, y al instant