Ana llegó a la casa de Clara con el corazón latiéndole a un ritmo frenético. Cada paso que daba le parecía un eco de lo que acababa de vivir: la inesperada aparición de Martín, libre, frente a ella.
Cuando empujó la puerta, la calidez del hogar de Clara le dio la bienvenida, pero no logró espantar la sensación de frío que aún tenía incrustada en los huesos.
—Ana, ¿estás bien? —la voz de Clara sonó desde la sala, cargada de preocupación.
Ana no respondió de inmediato. Necesitaba recompone