Ana se miró al espejo por quinta vez, insegura de cada detalle. La blusa de seda color marfil que había escogido resaltaba su piel suave, y la falda lápiz negra que Clara le había prestado delineaba su figura con una elegancia discreta. Dudó en ponerse los tacones, pero al final los calzó: eran negros, sencillos, no demasiado altos, pero bastaba para darle un aire distinto, más seguro.
Clara, apoyada en el marco de la puerta, la observaba con una sonrisa cómplice.
—Vas preciosa, Ana. Créeme, es