Ana apenas pudo hablar. Su garganta estaba cerrada por la emoción, la rabia y el miedo que todavía no terminaban de disiparse. Solo se dejó abrazar por Clara, que la rodeó con ternura y firmeza, como queriendo pegar los pedazos rotos de su alma con la fuerza de ese abrazo.
—Tranquila… ya estás conmigo, ya no va a pasarte nada —murmuró Clara, acariciándole el cabello.
Julián, con los puños apretados y la mirada llena de furia contenida, dio un paso hacia adentro.
—Yo no puedo dejarla sola,