El aire fresco de la mañana se sentía extraño sobre la piel de Ana. Caminaba al lado de Clara rumbo a la comisaría, y cada paso le pesaba como si llevara cadenas en los pies. Nunca antes había estado en un lugar así por motivos personales, y la idea de exponer su vida, su intimidad, frente a desconocidos, la hacía estremecer.
—Tranquila —le dijo Clara, tomándola del brazo—. Yo estoy contigo.
Ana asintió sin responder. La noche anterior casi no había dormido; cada vez que cerraba los ojos veí