El café comenzaba a vaciarse. Las luces cálidas no lograban espantar la sensación de desamparo que ahogaba a Ana. Aunque la mujer mayor le había ofrecido quedarse allí un rato más, ella sabía que no podía hacerlo. Cada minuto fuera de casa era un riesgo. Martín podía aparecer en cualquier momento, seguirla, encontrarla.
Se levantó con torpeza, ajustándose el vestido rasgado con un gesto automático. Sus manos aún temblaban, pero sujetó el bolso contra el pecho como si de un escudo se tratara. P