NIKITA
Mis dedos se clavaron en las sábanas, arrugándolas como si fueran la última cuerda que me mantenía atada a la cordura.
Lev no se detuvo.
Su lengua, joder, esa lengua que parecía saber exactamente dónde tocar, dónde presionar, dónde deslizarse, me tenía al borde de un abismo que no quería saltar. Pero mi cuerpo, traidor como siempre, no me obedecía. Cada lamida era un latigazo de placer que me hacía arquear la espalda, que me hacía apretar los dientes para no gritar más de lo que ya había