Rozanov salía del hospital con la misma rigidez con la que entraba.
El abrigo cerrado hasta el cuello, el maletín colgando de su muñeca como un peso muerto y la expresión tan severa que nadie se atrevía a saludarlo.
Vozdukh lo seguía a distancia desde hacía dos horas, con la paciencia de un predador entrenado. Sabía que el médico no hablaba con nadie, que se limitaba a sus rondas en el ala este, y que después del turno nocturno salía caminando solo por la calle lateral, donde no había cámaras.