La sangre le latía en las sienes. El coche rugía por la autopista nocturna como un animal herido, tragando kilómetros con neumáticos que ya olían a muerte.
Nikita iba en el asiento del copiloto, envuelta en una manta gris que no bastaba para calmar sus temblores. Sus ojos iban abiertos, pero no parecía ver. Apenas respiraba. El cuerpo se estremecía en intervalos desordenados, como si intentara despertar de una pesadilla que aún no había terminado. El zumbido de las sirenas en su cabeza competía