Lya vivía en un tercer piso sin ascensor, en un edificio estrecho, con escaleras que crujían y paredes que olían a humedad y jabón barato.
Vozdukh no se quejó. La siguió como lo había hecho las noches anteriores, pero esta vez no hasta el callejón trasero del hospital ni a la sala de mantenimiento donde se habían besado la otra vez. Esta vez, ella le abrió la puerta de su casa.
Era un gran paso y rápido, pues él no tenía todo el tiempo del mundo para llegar más allá, para poder obtener más.
—No