El invierno se instalaba con violencia en Voravia. La nieve cubría los techos oxidados de los galpones de armas y los camiones de contrabando como una ironía blanca.
Boris, sin embargo, no sentía el frío. Desde hacía semanas, su sangre estaba demasiado caliente. Demasiado decidida.
Sabía que no podía derribar un monstruo con fuerza bruta. A Viktor no se le vencía a tiros. Se le carcomía desde dentro, como una enfermedad silenciosa. Y él ya había comenzado la infección.
Los informes eran claros.