LEV
Caminaba de un lado a otro escuchando los gemidos de Anya, esos sollozos lentos que me rompían el alma en mil pedazos.
Anya estaba sobre la cama, aún temblando, con la frente perlada de gotas brillantes que se deslizaban hasta sus sienes. El médico tenía las manos manchadas. Ya había cosido dos heridas, y aún quedaban dos más por cerrar. Cada punto que daba sonaba más fuerte en mi cabeza que cualquier disparo porque me sentía muy culpable.
Me detuve frente a la pared. Cerré los puños. No po