MARÍA
El ruido del motor se apagó exactamente donde lo había previsto: a trescientos metros del acceso secundario al almacén 17. La niebla matinal seguía adherida al suelo como un manto de humo perezoso, ocultando las ruedas del coche y las siluetas que se movían alrededor. Desde mi punto en el tejado, podía verlo todo.
Lev Zaitsev estaba a punto de llegar. Puntual, como cada maldito día. Siempre con el mismo vehículo blindado, escoltado por dos jeeps, y un séquito que parecía más ornamental qu