LEV
El ruido fue lo primero. No un disparo, no un grito, sino un estallido sordo que retumbó en los huesos antes que en los oídos. Luego, el calor. Breve. Punzante. El tipo de onda que te empuja como si un gigante invisible te tomara del pecho. Caí sobre el suelo del almacén, una losa de concreto que me raspó el codo y dejó un zumbido insoportable en mis tímpanos.
No tardé más de cinco segundos en ponerme en pie. No podía darme ese lujo. Mis hombres gritaban afuera, algunos disparaban al aire c