LEV
Perdí la cuenta de las horas que llevaba sin dormir.
El hospital tenía ese olor agrio, mezcla de desinfectante y miedo. A veces lo confundía con el recuerdo de pólvora, de sangre fresca en los guantes. Había algo en el silencio de los pasillos que me carcomía más que las reuniones con criminales o las traiciones de los míos.
Llevaba tres cafés encima. O cuatro. Ya no hacía diferencia. Cada sorbo me sabía a nada.
Anya estaba en la habitación 17. Había dejado de gritar, pero no porque mejorar