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Capítulo 4. Confiesate

La iglesia está en penumbra, con luces suaves que se filtran a través de los vitrales altos, proyectando en el suelo mosaicos de colores apagados. El lugar parece inmenso y solemne, su silencio roto solo por el murmullo de oraciones y el crujir de las viejas bancas de madera al acomodarse la gente. En el altar, el sacerdote está de pie, y mi mirada se fija en él, casi sin poder evitarlo. Algo en mi cabeza me susurra que debo bajar la vista, que es una falta de respeto mirarlo de esa manera, pero es casi imposible apartar los ojos.

—Padre nuestro, que estás en el cielo —comienza él con voz grave y envolvente, iniciando la misa.

Él es el padre David, el sacerdote de quien todas las monjas susurraban. Finalmente, después de las dudas que las monjas sembraron en mi, lo tengo frente a mí. Pero en lugar de la figura austera y severa típica de un hombre de la tercera edad, como yo lo había imaginado, veo a un hombre que parece ajeno a los estereotipos. Su cabello oscuro está ligeramente despeinado, y una barba bien recortada enmarca su rostro, dándole un aire de seriedad y de algo que no sé identificar.

Su voz, grave y resonante, llena el espacio como un eco. Cada palabra que pronuncia tiene un peso que se siente en el pecho, y noto que muchas personas, incluso los niños, se inclinan para escuchar con atención. Mientras habla, realiza los gestos rituales, alzando la mano para bendecir, persignándose con una precisión y gracia que le dan un aire de intemporalidad, como si él fuera parte del propio edificio, antiguo y solemne. Su presencia me causa curiosidad.

El tiempo parece detenerse cuando lo observo. Hay algo en su porte, en la firmeza de sus manos al sostener el cáliz, en su concentración mientras recita las plegarias, que me provoca una mezcla extraña de fascinación y temor. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando siento un leve golpe en la pierna; es Consuelo, la madre superiora, quien está sentada a mi lado. Me mira con desaprobación y susurra apenas:

—Por favor, pon atención, Holly.

Rápidamente bajo la vista, tratando de concentrarme en mis propias oraciones. Aún no he tomado el hábito, así que visto como cualquier civil, aunque en el convento todas insisten en recordarme que ese momento llegará pronto, en tres días abandonaré mi libertad.

Al final de la misa, el padre David se despide de la congregación con una bendición.

—Las personas que requieran confesarse, por favor pasen al confesionario —anuncia, su voz resonando hasta las esquinas más apartadas de la iglesia. Sin duda tenía un tono de voz amplio, un tanto fuerte.

Varias familias comienzan a salir, los niños tiran de las manos de sus padres, emocionados por abandonar el recinto en silencio. El murmullo de las despedidas se mezcla con el eco de los pasos y pronto, el gran espacio comienza a vaciarse. Pero yo no me muevo, no aún. No sé si fue Consuelo quien me dijo que debía quedarme, o si simplemente estoy demasiado absorta en el ambiente pesado y solemne del lugar.

—Holly, pasa a confesarte —ordena la madre superiora, rompiendo mi ensimismamiento. Su tono no deja espacio para la duda.

Asiento y me levanto temerosa, caminando hacia el confesionario con pasos cautelosos, sintiéndome observada, aunque ya no hay casi nadie.

Abandone la iglesia una vez que hice la primera comunión, no tenía muchos recuerdos confesándome y de cierta forma era incomodo.

Es la primera vez que me acerco al confesionario de este lugar; la cabina, construida de madera oscura, tiene un aspecto antiguo y un tanto intimidante. Su puerta rechina levemente al abrirla, y el olor a incienso y cera derretida parece intensificarse mientras me acomodo dentro. Me quedo quieta un instante, respirando hondo, sintiendo la opresiva intimidad del lugar. Del otro lado de la rejilla, veo una sombra moverse.

—Ave María Purísima —dice una voz profunda, llena de gravedad y dulzura, que reconozco de inmediato como la del padre David.

—Sin pecado concebida —respondo, mi voz apenas un murmullo.

La rejilla me permite ver solo una silueta parcial de su rostro, enmarcada por la tenue luz que se filtra a través de la iglesia. Él espera en silencio, dándome el espacio para que inicie mi confesión. Siento que las palabras no me salen, que estoy atrapada entre la necesidad de confesar y el extraño peso de su presencia. A mi alrededor, el mundo parece haberse reducido al mínimo, como si solo existiéramos él y yo, o quizás mis pecados y yo.

—Es mi primera confesión en mucho tiempo, padre —murmuro, sin atreverme a mirarlo directamente.

—Tomate tu tiempo, hija mía. —Su tono es pausado, y noto que su voz es aún más baja, más íntima de lo que había imaginado—. Y di lo que sientas que quieres decir.

Trago saliva y comienzo a hablar, sin saber muy bien qué decir.

Le cuento un poco de mi vida, de mi llegada al convento, aunque omito ciertos detalles que me resultan demasiado personales, como el hecho de mi intento de suicidio, mis problemas en casa o el verdadero motivo por el que llegue al convento. Solo le hago saber que me siento sin un objetivo el cual seguir, que abandoné la universidad y le miento al decirle que mi nuevo sueño es ser monja.

Mientras hablo, él me escucha en silencio, y cada tanto me responde con una breve palabra de aliento, una pregunta suave que me permite seguir avanzando en mis pensamientos, como si fuera él quien guiara mis palabras. Sin embargo en ningún momento quita el tono de seriedad en su voz.

—¿Sientes que este lugar puede ofrecerte algo que no encontraste afuera? —me pregunta en un momento, y su voz tiene un matiz de interés genuino que me desconcierta.

—Tal vez —admito, insegura—. Todo aquí es... diferente a lo que imaginaba. Solo espero lograr adaptarme. Es mi última oportunidad de encontrar mi verdadero objetivo en la vida.

Del otro lado de la rejilla, él asiente lentamente, y me sorprende el consuelo que encuentro en ese pequeño gesto, en su disposición a escuchar sin juzgarme.

—Es natural sentirte perdida —dice, su tono es tan suave que casi parece un susurro—. La fe no siempre es una respuesta inmediata, y no siempre sabemos lo que buscamos. Pero a veces... encontrar el lugar adecuado es el primer paso.

Siento una extraña sensación al escuchar sus palabras, algo que me hace pensar que él sabe más de lo que dice, que quizás él también ha sentido alguna vez esta misma incertidumbre.

—Gracias, padre David —respondo en voz baja, sorprendida por la calidez que de repente me invade el pecho, una serenidad inesperada, como si sus palabras hubieran tocado algo profundo en mí—. ¿Cuál será mi penitencia?

Él me observa en silencio por un instante y se acerca un poco más, no puedo verlo con exactitud debido a la rejilla que nos divide, sin embargo, sus ojos se posan en mi.

—No tendrás ninguna —responde, su tono suave, pero cargado de intención—. Cuando descubras tu propósito aquí, y sientas que tu corazón está en paz... entonces ven a verme. Ese día, quizás, te daré tu penitencia.

Su respuesta me deja intrigada, como si se tratara de un enigma que solo él comprende. Me siento atrapada por sus palabras, y sin poder evitarlo, sigo su figura con la mirada mientras se aleja.

Cuando la confesión termina, salgo de la cabina sintiéndome ligera, como si hubiera dejado una parte de mí en ese espacio reducido y oscuro. Él me sigue poco después, y lo veo caminar hacia el altar, sus pasos lentos y seguros. Al pasar junto a mí, me mira, y en sus ojos noto un brillo indefinible, algo que parece mezcla de compasión y de... curiosidad.

Sin poder evitarlo, sigo su figura con la mirada mientras se aleja. Hay algo en su porte, en su manera de moverse, que me parece más humano de lo que debería ser en un sacerdote. Al girarse una última vez, su mirada se encuentra con la mía, y es como si me estuviera viendo, realmente viendo, de una forma que nadie más lo había hecho en mucho tiempo.

Salgo de la iglesia en silencio, con el eco de sus palabras resonando en mi mente, y mientras camino por el largo pasillo de piedra que lleva a los dormitorios, una sensación nueva y extraña se apodera de mí. No sé qué es, pero me parece que, en lugar de respuestas, he encontrado más preguntas.

La noche cae lentamente sobre el convento, envolviendo los muros en una penumbra fría y silenciosa. Después de un día interminable, entre tareas agotadoras que las monjas se han encargado de asignarme y la constante limpieza de cada rincón del lugar, siento el cansancio en cada músculo. Intento recostarme un momento en la cama, tratando de reposar mi cuerpo luego de un muy ajetreado día.

De pronto, un golpecito en la puerta me hace levantar la mirada.

—Holly, ¿puedo pasar? —la voz autoritaria de Consuelo se escucha al otro lado.

—Sí, madre superiora —respondo rápidamente, poniéndome de pie.

Ella entra, y aunque su expresión es seria, noto un leve destello de aprobación en su mirada.

—A partir de mañana —empieza, sin rodeos— tendrás una tarea especial. Te encargarás de preparar el desayuno del padre David. Desafortunadamente no hemos tenido oportunidad de presentarlos formalmente, pero espero que mañana te presentes como es debido.

Mi estómago se contrae, y una sensación de nerviosismo se instala en mi pecho. No esperaba que, tan pronto, me dieran una responsabilidad como esa.

—¿El... desayuno del padre? —mi voz suena más temblorosa de lo que quisiera.

—Así es —asiente Consuelo, sin perder su compostura—. Él es una figura muy importante en este convento, y debemos asegurarnos de que tenga lo que necesita para cumplir con sus deberes. Su desayuno es una rutina estricta, y deberá estar listo a primera hora, antes de las seis.

—Entendido, madre superiora —intento sonar tranquila, aunque sé que ella puede notar mi inquietud.

—No te equivoques, Holly —agrega, con un tono que me hace sentir como si estuviera en medio de una prueba—. El padre David no es como el resto de nosotros. Su vocación y su entrega son... especiales. Debes actuar con respeto y dedicación en todo momento. Él es el único que se ha preocupado por este convento desde hace diez años.

Siento su mirada fija en mí, como si quisiera asegurarse de que comprendo cada palabra. Me esfuerzo en asentir y no dejar que mis pensamientos me traicionen.

—Haré mi mejor esfuerzo, madre —respondo con seriedad.

Ella inclina la cabeza, satisfecha, y antes de salir de la habitación, se detiene en la puerta y lanza una última advertencia:

—Y una cosa más. No es necesario que hables con él más de lo indispensable. Concéntrate en tu tarea, y recuerda siempre cuál es tu lugar aquí. Tu padre no quiere más molestias.

Cuando la puerta se cierra, me dejo caer en la pequeña cama. La idea de tener que preparar el desayuno del padre David me llena de una mezcla de anticipación y nerviosismo. Desde la confesión de esta mañana, no pude evitar sentirme intrigada, estaba rodeado de un aura de misterio que lo distingue de los demás. Pero ahora, saber que tendré contacto directo con él, aunque sea de esta manera... hay algo que me resulta inquietante y fascinante al mismo tiempo

Miro el crucifijo en la pared y luego alzo la cabeza hacia el techo de mi habitación.

—Ayúdame, Dios —suplico juntando mis palmas—. No quiero problemas, no quiero enamoramientos. Solo quiero dejar de sufrir.

Luego de eso murmuro una breve oración, esperando que esta sea la señal de un nuevo comienzo, aunque sé que mi fe aún tambalea y que algo podría salir mal si esto continuara sintiéndose así. Mañana será un nuevo día, y con él vendrá una nueva oportunidad para entender qué es lo que realmente me ha traído aquí.

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